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“Que mi palabra sea la cosa misma
creada por mi alma nuevamente;
que por mí vayan todos
los que no las conocen a las cosas,
que por mi vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos,
los mismos que las aman, a las cosas.”


(ETERNIDADES, Juan Ramón Jiménez, 1908)




ACTUALIZACIONES
* Radio Futura - "La Estatua del Jardín Botánico"
* Lady Gaga- "Hair"
* Galt McDermot -"Hair"

Patines de Grafito


Prosa XXXIX

"Cartas Marcianas"

CARTA CERO
De Christian al Vacío

La cabeza me da vueltas. Esto es una mierda. Todo se tercia en turbio. La sombra no salta. Mi civilización se acaba. Mi mundo me da la espalda. Y no conozco a nadie. Esto es una mierda. Si hay alguien por ahí, algo más desocupado y no encadenado al futuro cabrón, que todos estos borregos esquizoides lobotomizados a base de cafeína y progreso... y puede oírme... ¡Eh tú, aunque seas un marciano con pinta de oliva seca dispuesto a hacer ¡bu! tras una colina, acojonar a unos granjeros de peto embarrado y camisa a cuadro modelo texas winchester para después largarte en un platillo despreciando el valor del combustible! ¡Eh tú, marciano! ¡Eh tú, puto hombrecillo verde sapo! ¿Crees en Dios...? ¿Crees en algo...? ¿Qué te parecemos esta civilización de lemmings comemierdas y engreídos? ¿En qué estabas pensando cuando leíste esto...? ¿Qué estás viendo en este momento desde donde estás?

  La cabeza me da vueltas. Esto es una mierda.

 P.d. Perdona marcianito, con esto de la crisis, lo del garrafón ya es algo demencial. Espero que con mis eructos de ron y maíz no desequilibre a Mr. Big Bang.

(Enter)
Carta 1
De Sfalk-Huniam a Christian

         Entiendo perfectamente que te preocupe y que te sientas molesto acerca del futuro de tu civilización. Las culturas más jóvenes, como lo es la vuestra, se suelen dar cuenta más o menos a los dos mil quinientos, tres mil años de su existencia. Una mañana se levantan, se miran al espejo y se ven tan iguales que siempre que acaban por decirse: "Mi civilización se acaba". Tenlo por cierto. Se acaba. Es irremediablemente así; el planeta H34~b se consume en sí mismo y ya ha iniciado su cuenta atrás. Todas las culturas se acaban y ser perfecto, o creer serlo, no es sinónimo de ser inmortal. Tu civilización se acabará, como lo hizo antes la mía. Por mucho que se empeñen los Creadores de tu civilización, por mucho que se crea haber llegado al tope de la perfección, cualquier mañana venturosa de cualquier mitad de siglo, tu cultura dejará de existir y será reemplazada por otra con las mismas ínfulas de certeza, perfección y podredumbre ingénita.

  Algo parecido a lo que llamáis democracia, por ejemplo, pasó ya por los anales de mi cultura hace siglos, bastantes, y, por lo que  me dices en tu primer correo, los síntomas son parecidos: el primero consiste en hacer a los sistemas políticos absolutos. Recuerda, Christian - no sé cómo diablos se puede pronunciar tu nombre - entre seres racionales nada es absoluto. Para un perro, una jirafa, o una rana, o un sfrika dientes irisados, las cosas pueden parecer absolutas, pues las manejan como reales o no, pero las mentes racionales como las nuestras - y os incluyo - donde las cosas no se limitan a ser reales o no, sino que van mucho más allá, considerar algo como absoluto es empezar su cuenta atrás. Lo único de absoluto que tienen los sistemas políticos son ellos mismos.

 Espero no preocuparte pues al decirte que, efectivamente, tu cultura se viene abajo. También te digo que caes en el absurdo al preocuparte "excesivamente" por ello, pues a tu seco cadáver le dará lo mismo, a las generaciones futuras tu seco cadáver también, salvo que tengáis el raro don de ser inmortales, lo cual sería una verdadera amenaza para el universo....y un contratiempo estelar.

(Continuará)


Prosa XXXVII

    "Desiertos"


- La poesía no sirve para nada...
   Y sus palabras sin alas fueron empujadas por el ardiente y seco qibli*, inexorable y eterno, más allá de unas dunas lejanas.
   Escuálido e insignificante, siguió su zigzagueante y desnortado camino por el desierto.
   Lo único que rompía la quietud mortal del silencio y  la nada era,  como el abanico de la muerte, el cálido aleteo del buitre que dibujaba sentencias en el aire.. 
         - El hombre sólo es comida.  
                                                   (*qibli (árabe).- Viento cálido del desierto)

II-II- MMXIV

Prosa XXXVI

    "¿Dónde te metes, Lucas?"
Joder, ¡Ya la he vuelto a liar! ¡Toniaaa! ¡Toniaaa! ¿Dónde me he metido esta vez? Mi Antonia me mata. Le tenía que haber hecho caso. Me tenía que haber tomado las pastillas, las dichosas pastillas. ¡Qué sitio tan estrecho! Hace calor y huele a patatas podridas. La azul antes de comer, p’a la cabeza, y la otra... ¿para qué era la otra, rediez? Pero, ¡qué estrecho y que oscuro está esto! Debo estar en la despensa, ¡la leche! ¿Cómo he venido a parar aquí? Apenas me puedo estirar... ¿A que me he metido en el armario de la ropa y se ha encasquetao la llave. ¡Esta cabeza mía! La del "Jarceirmer..." ¿y la otra...? Es el armario de la ropa, no hay duda. Está pegado a la pared que da con los vecinos y parece que oigo llorar de lejos a la pobre criatura. Le estará zurrando otra vez. Esta vez va en serio, llora desde el hígado... ¿Por qué cojones llevo la corbata puesta? ¿A que me está esperando la Antonia p’a ir a misa? Me mata.¡Me cogo en mi torope cabeza! ¿Me la he tomao?  Yo creo que la azul no ¿A qué día estamos? ¿Cómo he venido a parar al ropero? ¡Soy la leche! A ver cómo salgo de aquí... Si intento estirar la mano y pasarla por debajo del culo... Nada, que no hay manera. ¿Para qué eran las otras pastillas? Vamos a ver, Luquitas, hijo mío, la una era para el "Jarceirmer", y, ¿la otra?, ¿para qué era la otra? El caso es que sé que estoy enfermo de algo, pero no me acuerdo. ¡Ah, cabeza hueca! Hace frío, ¡mira que si me he metido en el frigorífico! No, ¡qué va! No suena y además, no huele a pescao, huele a patatas, a huerta, a tierra mojá. No hay manera de abrir esta puerta. Desde el frigorífico no se oye llorar a la vecina. Me aprietan los zapatos. Tengo sensación de asfixia, ahogos... ¡a que estoy en el armario de las escobas! ¿mira que no acordarme de qué me pasaba? Piensa Lucas, piensa, eran azules... Por eso esta peste a naftalina y a desinfectante. ¿Estoy de cara o de culo a la puerta? ¡Toniaaaa! Ná, si está más sorda que... El caso es que... ¿Por qué también llora ahora el mostrenco del marido?¿Cómo me he podido meter en el armarito de las escobas! ¿Qué son esas voces lastimeras? ¡Cago en mi estampa! ¿Para qué eran las dichosas pastillas azules esas?

¡Anda coño, ya me acuerdo!: ¡para la "catalersia"!



IX-XII- MMXIII


Prosa XXXV

    "Cuando un poeta muere"


      Cuando un poeta muere, se estrella una palabra contra el suelo, un beso enmudece a lo lejos y un oído se queda huérfano de amor. Cuando un poeta muere, enmudecen los astros, se aquieta el sol, se erizan los romeros y tomillos, y hasta resudan las peñas. Cuando un poeta muere, necrosa con él tejido cardiaco y pulmonar. Se asombra una estrella y una ninfa sella sus labios absortos con índice y corazón. Cuando un poeta muere, algún imbécil se alegra, algún trozo de plástico e ínfulas se engríe, algún ignorante bosteza, alguna agua se desparrama en tierra huera y seca. Cuando un poeta muere, los caminos se embarran y la sendas ya no van a ningún sitio, el amor languidece y el sexo hiede. Cuando un poeta muere, una idea es fusilada, una palabra desnuda es violada, un ritmo es cercenado, un sueño es enjaulado. Cuando un  poeta muere, un dictador se remueve en su tumba, unos labios se caen, unas manos se agarran al viciado oxígeno de la rutina, y unas caderas se olvidan.
     No, no es una buena noticia que muera un poeta. No está este mundo para andar enterrando altavoces, ni despertadores.

     Cuando un poeta muere, alguien se arropa en su cama de indolencia y a un borrego le crece más lana para estar a gusto con su balidos proféticos de maquinismo, manipulación y comercio, de futuro de “cúbranse” y falsa inteligencia. Cuando un poeta muere una esperanza de cambio se consume, un amanecer se acobarda, una regeneración se convierte en cera, la carne se hunde, el espíritu se hace catatónico y prevalece el homo dormiens...
     Cuando un poeta muere, alguien debería pensar, al menos un minuto, si es feliz.



XXIII-IX-MMXIII

Prosa XXXIV

    "Repelente para telarañas" 

          El cariño, el amor, el recuerdo... y toda la familia del corazón denostado por las televisiones que lo envilecen al ritmo que envilecen al ser humano... son un excelente repelente para las telarañas. Uno no tiene más que echar un ligero vistazo a estanterías desde las que siguen tus pasos anodinos objetos mudos, que están sin estar, para darse cuenta, una vez enfrentado a la eternidad de esos objetos muertos, de que el polvo, la pelusa, la telaraña y la pátina de tristeza no se reparten de modo equitativo en todos los objetos. Con especial crudeza se ceba el triste poso del polvo sobre las chatas cabezas de los volúmenes y novelas que vigilan, en perfecta posición de "presenten armas", como eternos fylactes, el paso de la nada por delante de sus narices y sobre cubiertas;  fotos y cuadros lloran la pelusa y se amohínan con rizos de arácnido, en permanente lucha con los colores lejanos, de sonrisas puntuales que juegan a ser siempre; los objetos modernos, hechos de correoso plástico, tal vez sean sobre los que con más desdén resbala el tiempo: aeropuertos quadrofónicos de chirriante vinilo, balizas inalámbricas, robóticas caras rectangulares de plasma y lead agonizante en amarillo pavesa... como cigarrillos de fantasmas apostados tras el tiempo, la oscuridad y la espera; las maderas se convierten en extraños paisajes selenitas, en mares de  plata, en trigales de grano gris, y espiga argentina, con las huellas del rumor de dedos tamborileando en remotas nochebuenas... A veces cualquier objeto insignificante que descansa apoyado en el último best seller te sorprende por su viveza, por su frescura, por su ejemplar impermeabilidad al olvido.

     Nichos de distintos tonos de olvido... Como las personas... ¿Seré polvo, pelusa o telaraña para ese que cruza por delante de mi estantería?

    El cariño, el amor, el recuerdo...son un excelente repelente para las telarañas. ¿A cuántos hará falta decir: "oye, que soy yo"? Mientras el olvido, la pelusa, la tristeza, la sombra y la telaraña se descuelgan de sus cejas, de sus lóbulos, de la punta de su nariz, de su barbilla...

- Oye, ¿no me recuerdas?  


I-IX-MMXIII

Prosa XXXIII


    "Literatura entre cuatro paredes" 

Paredes blancas de tosco románico y sencillez perenne que no buscan sino reforzar la función única: proteger el contenido que guardan los gruesos muros, apenas ventanucos, apenas el rastro de la uña del esparto arañando la solidez de lo eterno, lo sencillo, lo humilde, guardan lo bello de las personas, aquello que sólo se comparte con unos pocos privilegiados....

          Paredes pintadas, como ruborizadas, como maquilladas para recibir un beso áspero y sin afeitar; tenues, coquetas, que tal vez guarden secretos, sábanas calientes, visillos mudos. Pared amable acogedora y abierta, que te abre puertas, siempre abre puertas. Desapercibidas en su pudor, escudan su desnudez con tonos ocres de ensueño e ilusión.

          Paredes ornamentales y catedralicias, lloradas en óleos, de majestuoso sillar y adyacente columnata de sueños y grandeza, perfección cerrada y creada, altivolencia y proyección celestial dantesca, sostenedoras de bóvedas celestes, de cúpulas sustantivas y adjetivas, de ajustados caravistas y esquinas y encuadres parnasianos…

          Paredes de papel pintado de soberbia y pasta de engrudo, del oropel zafio, de lo llamativo: sirenas de ambulancia que reclaman atención desde lo hermético por oxidado, desde el plagio sucinto, la inoperancia creativa, el "por favor, míreme usted…" hajalata, alpaca, balística, tornillería, papeles pintados tribales en sustantivo chillón, nadería en procesión por renglones malparidos…

          En todas ellas se mean los perros... pero la que peor lo pasa es la del papel pintado, que se bufa y se abomba y acaba por soltar escondidos besos desconchados y pérfidos, de traición y envidia. 



 (xxxi-iii-mmxiii)
      
Prosa XXXII

    "Beberé en las tres fuentes"



      Ese es el objetivo del pensamiento cuando, pensando en la vuelta, recorres la montaña envuelto en una neblina fresca con una amenaza de lluvia continua que el paraguas de nuestra ilusión refrena y contiene en el cielo.
      La montaña vuelve a sacudir las cabezas. De nuevo el aroma a pino húmedo, de nuevo las caricias de las uñas recién pintadas de amarillo de la aliaga, de nuevo la suela del hombre mecanizado y vacío aislado en goma pisando sobre la roca, la misma roca de siempre; de nuevo los susurros de las hojas dentadas de las humildes carrascas que te lanzan miles de besos… las hojas de las carrascas parecen labios, labios de ninfas, palabras de elfos colgando del tiempo.

      De nuevo el callejear cuesta arriba, envuelto en leña recién encendida, envuelto en silencio, envuelto en tiempo quieto, colgado de los visillos eternos de la mirada oculta. La montaña te despoja de imbecilidad humana y terrestre, te grita que allá abajo el hombre se cuece en su salsa, en la ponzoñosa salsa de sí mismo, convirtiéndose en un ser grasoso e indigesto, pesado, sin darse cuenta de que alguien le está asfaltando el alma, le está cementando la sonrisa, le esta cableando el sentimiento…¡Qué mejor resurrección que soñar con las nubes!

      Arriba todo sobra, lejos, cuando consigues desasirte de esa tenaza de progreso que a todos nos idiotiza, nos lobotomiza ladinamente, en esa falsa y perfectamente conseguida sensación de dominar... de dominar... de dominar ¿qué…?

      De vuelta, bebo en las tres fuentes: la primera supone el trago más fresco y anhelado, y cuajo un primer pensamiento; la segunda sacia, pero te da tiempo a saborear la vena deshecha en frío, y cuajo un segundo pensamiento… y la tercera, me rebosa, y me abre el futuro, pero bebo para guardar… porque viene sequía, y cuajo un tercer pensamiento.

     Pensaré en la montaña, pensaré, sin duda, en ella… y pensaré en lo mal aprovechado que está este pobre y manipulado cerebro nuestro, mientras la montaña, con su eternidad totalmente virgen, sonríe con aliento de nieve, piel crujiente, camisa de clorofila y carcajada de mochuelo atónito.

 (xxxi-iii-mmxiii)
Domingo de Resurrección

Prosa XXXI

    "Zyra Leuka" (cont. frag. 2)

[...] Seguía hablando. Poco a poco, la voz se congestionaba debido al esfuerzo. Me di cuenta de que a mi compañera le gustaba hablar. El Postiguet estaba tocando a su fin y empezábamos a encaramarnos a las primeras rocas que cerraban la inmortal cala alicantina, y eso suponía haber recorrido ya un buen trecho a buen ritmo, y no había parado de decir cosas. Pero, pese al esfuerzo, ella seguía hablando. Decía que ya me había visto antes curioseando por Lucentum, no recordaba muy bien si ayer o anteayer, pero que era yo, sin duda. Se interesó vivamente por el momento en el que, según ella, había pasado por la parte más alta de la derruida ciudadela, desde donde se domina todo, y que me había visto hacer gestos raros con las manos, como calculando distancias inexistentes: entre Lucentum y la playa, entre Lucentum y el Castillo, entre Lucentum y Sierra Grossa, entre Lucentum y las lejanas montañas del interior: la Sierra Mariola el Maigmó, la Aitana, el Puig... Me preguntó dos o tres cosas directamente, pero como no le contesté no volvió a hacerlo. De este modo, muchas de las preguntas que me hacía las contestaba ella, y como no acertaba, perdí el interés y seguí a lo mío. Poco a poco nos tuvimos que alejar de  la playa. Aquello resultaba fastidioso, pero era obligado y nuestro ritmo no decaería por eso. Cambiamos las moléculas de sal por el dañino CO2 y, pronto, y sin que ella dejara de hablar de cosas relacionadas con sus estudios, bajamos por una empinada escalera y volvimos a pisar la tibia arena de La Albufereta. Tenía el rostro perlado por el sudor, los pómulos ligeramente enrojecidos. Su perfil era egipcio, de morenas cejas, finas y arqueadas, el color del pelo era marrón muy oscuro, y me recordaba a la madera de ciertos muebles antiguos, casi negros, que parecían desprender destellos de nogal, y rizado. Su piel era blanca y vulnerable al sol alicantino, mimoso pero tenaz, con unas mejillas difuminadas que escoltaban una sensual boca coronada de coral sobre una barbilla en forma de fresa.  Los labios los tenía de tal modo que parecía que se los acababa de retocar y en la punta de una nariz respingona hacia equilibrios una graciosa gota de sudor. Los ojos, al menos el derecho, fijo en la punta de sus zapatillas, los tenía en forma de almendra, enormes y del mismo color que el pelo.
     Estúpidamente pensé que aquel rostro jadeante, perlado de sudor, de pómulos enrojecidos y labios entreabiertos, sería muy parecido al mismo que tendría tras acabar de hacer el amor. Sonreí para mis adentros y empecé a contar con la mente los meses que hacía que no tenía tan cerca una mujer. Me desvié un poco hacia la derecha para que las brisa enfriara mis sienes. Su cuerpo era menudo y de apariencia frágil y débil. Lo pude adivinar por la enormidad de sus vestiduras, pues le sobraban tallas por todos sitios - una camiseta que publicitaba alguna marca de electrodomésticos y que se extendía hasta un pantalón corto de malla muy ceñidos, a mitad de muslo, que sólo osaba asomar un par de dedos, y además, sus tobillos eran enclenques y se hundían en unas zapatillas enormes y blancas, tras pasar por el perfecto y cuidado rollito de elástico de unos calcetines blancos de tenis. Mi compañera era guapa, sin duda, muy bonita. Es más, juntaba ser guapa con ser bonita.[...]



Prosa XXX

    "Zyra Leuka" (frag. 1)


      Llegar a la altura de la Explanada es como amanecerse uno. Te llega la luz como si fuera un foco enorme y tras ella la brisa del mar. Sobre todo si es temprano. Temprano da gusto hacer footing y adelantar en plena fuerza juvenil a las diseminadas ancianas, unas que van, otras que vienen, a misa de ocho a San Nicolás, a abrir la playa... Y oler a churros, a café con leche y a puerto. Todo ello mezclado con el graznido lejano de las sucias gaviotas, y los estridentes ruidos de los primeros autobuses. Y llegar al Postiguet, y adelantarse hasta la orilla de la playa guardando la sombría y monstruosa línea del Hotel Meliá, y luego coger toda ella, mirando con un ojo a los primeros valientes que empiezan a marcar territorio dejando caer, como despojos, zapatillas, bolsos, toallas, esterillas, y diríase que incluso partes de sí mismos; y con el otro ojo, la infinitud del mar, lo sobrehumano, aquel bestial útero de mañaneras brumas y las diminutas velas que a lo lejos titilan y miran a la ciudad sacando pecho. Esquivar, zapatillas en ristre, parejas de rezagados a los que el día sorprendió abrazados, tras haber hecho el amor, paralizados por el placer, el alcohol y el Mediterráneo, estancadas sus lenguas en un remoto aroma de ron y hierbabuena. Y sortear las últimas cañas de pescar que, como surtidores de humanidad, parecen batutas que dirigen la cadencia de las olas. Y esos buenos días envueltos en tabaco negro, o aquel hola mientras desembaraza un certero anzuelo. Y adelantar a un jubilado de piel café con leche, pelo blanco, gorra de capitán  y diminuto bañador slip azul marino, que persigue a una barriga cervecera que parece que se le va a escapar de un momento a otro y que deja un rastro de acre sudor prehistórico. Y cuando te cruzas con una enorme y elefantina anciana que viene hacia ti jugueteando con las algas que acuden a su propio entierro en la orilla, tras haber vivido el Egeo mítico y lejano y que en su muerte aspiran a regenerar tejidos ajenos, amorfos y cansados. Y sentir las peludas patas de un perro que se confunde y deja de perseguir la pelota lanzada por su dueño de gafas de sol caras, aturdido por el bailoteo de mis cordoneras. Y extranjeras buscar chapinas, y melenas aspirar marihuana con brisa mediterránea, -irrepetible experiencia-. Y ver rostros desconocidos...  o conocidos...
         La muchacha corría unos metros por delante. Me pareció que volvía la cabeza un par de veces hasta que observé que, definitivamente, disminuía el ritmo hasta quedar dando coquetos saltitos sin avanzar. Me estaba esperando. Una vez que la alcancé, se colocó junto a mí y pronto formamos una sincrónica pareja de corredores matutinos. Yo me coloqué sintiendo la brisa fresca del mar en mi perfil derecho, ella quedaba en la parte que daba a la acogedora y tibia arena. 


         - Hola           
        Me limité a hacer un gesto y empecé a no entenderme a mí mismo al optar por una postura desinteresada y casi impertinente. Sinceramente, nunca había contemplado la posibilidad de correr con compañía. Me gustaba correr solo. Seguí mi marcha como si no existiera la compañera. Ella pareció captar mis molestas vibraciones, pues se limitó a coger mi ritmo y a marchar callada. Al principio me sentí más molesto porque pensaba que aquel pasajero ralentizaría mi marcha, pero poco después pude observar que el ritmo de la muchacha era ágil y continuo. Se notaba que no era una principiante, y se sincronizó conmigo pareciendo pronto las cuatro piernas sólo dos. Entonces me sentí molesto por otra cosa: empecé a dudar  si podría aguantar yo el ritmo de aquélla, que saltaba por encima de los montículos de algas secas y sorteaba las piedras verdosas de la orilla con agilidad y prestancia. Aquella verdad se estaba haciendo cada vez más universal velimus nolimus: cuando una mujer le coge el ritmo a un hombre, superarlo es sólo cuestión de tiempo. Empezó a hablarme, pero la oía lejana, como más allá de la playa, donde empezaba a despertar la ciudad y el amplio paseo empezaba a poblarse de madrugadores ávidos de sol y de sal. Las brumas se habían levantado definitivamente en mi ojo derecho y las velas se distinguían mejor. Me pareció oír y oler también el paso ruidoso y apestoso de una moto acuática, dispuesta a atemorizar las primeras reuniones de peces, que se retiraban mar adentro tras alimentarse durante toda la noche de los restos del progreso. A mi izquierda, tras la versátil cola del cabello de mi compañera, que subía y bajaba al ritmo de las zancadas, dos jóvenes de aspecto extranjero golpeaban un balón de goma que era incapaz de seguir una línea recta y que trazaba curiosas elipses y curvas provocadas por la refrescante brisa marina.[...]
(Continuará)
 (i-iii-mmxiii)

Prosa XXIX

    "Life is Life" 
 
     Lo de que la vida es una aventura es un topicazo. Cierto. Pero los topicazos no dejan de adquirir el aumentativo a fuer de hacerse ciertos con el paso del tiempo. La vida es una aventura, pero a la vez también se muestra como un ejercicio de estupidez supina a veces muy cercano al primate, y a la vez también un entrenamiento para ser feliz continuado, posiblemente infinito, y posiblemente con una meta tan camuflada que no nos demos cuenta de que ya nos la pegamos en el pecho con nuestro propio dorsal. Nuestra meta es ser feliz, no llegar a la felicidad.
     
     Y la vida es terca, con tendencia a lo anodino. El boceto primigenio que se nos suele dar es un poco aburrido, en una distante escala de grises semejante a un manual de instrucciones de Ikea para montar una estantería futurista, con cuatro cosas mal fotocopiadas y números y letras en aparente desconcierto y caos. Aquellos que se sienten impelidos a vivir con intensidad empiezan a manipularla para dotarla de un poco más de enjundia. Hay quienes adornan este boceto con dinero –amasando perras e hinchiéndose de un poder tan ficticio y efímero como aleatorio, con la gran medalla a la estupidez que otorga tener dinero y, encima, no ser feliz: eso es de gilipollas (al menos eso es lo que diría un pobre); otros cogen el boceto inicial o plantilla divina y lo cubren de mentiras, de trolas manolas impresionantes, tanto es así que difícilmente acaban por discernir qué vida exactamente están viviendo, si la suya o la de vaya usted a saber qué engendro vítrico o vitrocerámico… Otros la andan colgada de sueños, ilusiones y otros accesorios y zarandajas, con lo cual, si acaso, consiguen disfrazarla de lo que se pretende. Normalmente uno acaba disfrazando la vida con estos oropeles y bisuterías de tal modo que hacen un remedo de sí mismo y este sí mismo acaba por recordar al mismo sí lo aburrido que es la mona, aunque te vistas de seda.
    
      Otros buscamos puentes, salidas, ventanas, gateras hacia otros mundos con una perentoriedad que raya en el paroxismo o lo compulsivo. Este boceto mal fotocopiado nos repele, no sólo no nos gusta el manual de instrucciones, ni siquiera nos atrae la estantería terminada: es una chorrada, nos parece anacrónica, tonta, inútil… y entonces la búsqueda se convierte en el leiv motiv: lo difícil, lo nuevo, lo escondido, lo atípico, lo fresco, lo rebelde, lo inesperado, lo provocativo: los nueve ojos del puente hacia Tulliashaves, si contamos, por inducción, el error.
      
     En definitiva, que la vida es esa enfermedad genética hereditaria mortal de trasmisión sexual que o nos la complicamos o nos convertimos en cera. Yo, como la madre de Forrest Gump, pienso que la vida es como una caja de bombones, lo que pasa es que, para mí, a diferencia de Mrs Gump, la vida es una caja de bombones… ¡vacía! y los bombones – dulces, trufados, rencorosos, sorprendentes, sosos, amargos, plagiados, exóticos, vacíos, repetitivos, crujientes, insípidos, divinos, etc…- los pones tú…

"Life is Life" - Opus
(xiv-i-mmxiii)



Prosa XXVIII

    "Año muerto"  


Hay noches que, cuando cierras los párpados, esperas la llegada de un nuevo día. Esta, esperas la llegada un nuevo año. Un nuevo todo. Es como si alguien le quitara el celofán al sol, o como si alguien levantara con sigilo la hermética tapa de plástico del tupper del mar, inundándolo todo de sal y azul, de positividad y frescura. Y allá, en el tálamo del cenit, el sol y el mar se aman… despreciando las miserias y las hipocresías biofísicas y agusanadas del bípedo sapiens.


Nada entre las sábanas tibias parece dotar de lo extraordinario a la noche: su misma presencia, la tibia calidez y suavidad de la piel, el murmullo de su existencia y el mismo techo velado de progreso y estulticia que te impide ver las estrellas: las que mueren, las que nacen, las que están, las que brillan aunque no se vean, y las que no brillan aunque se vean. Todo responde a algo totalmente alejado a lo extraordinario de la noche… parece que nada va a querer someterse a los imperativos ortodoxos del calendario.


Año muerto…


Afuera, en las oscuridades y en los fríos de la ausencia de vivos, en las callejas de muebles y sillones – tal vez entre fantasmas o personajes que se levantan de sus sudarios de tinta y folio en medio de pesadillas dentro de sueños atrapados en tapas y en títulos que prometieran epitafios  dormita la soledad. Crujidos que parecen respiraciones quedas y lejanas de papeles que envuelven almendrados y cabellos de ángel, besos de miel y almendra, aromas de champagne reseco y serpentina pisada… Luces de colores en su lenguaje especial parecen hablar desde lo sueños sobre la Navidad… Todavía, como si tuviera fiesta propia, se remueve sobre sí mismo en la esquina oscura de la estancia de murciélagos con cara de eco, entre la chais longue y la cortina del balcón, el tapón de corcho que inaugurara una nueva sonrisa, una fuente de estrellas, un orgasmo de espacio y tiempo.


Año muerto…


Cadáver de recuerdo y travesía. Bifurcaciones solventadas a golpe de rienda, esperanzas diseccionadas, decisiones agradecidas, ilusiones pergeñadas, secretos en corazones de pluma… Ecos…


Suben del fondo de la estilizada copa burbujas de nueva vida y caen al fondo de la copa plomizos pasados, onerosas sonrisas, hueros huecos de armario, puntos y aparte, epílogos…


¡Soy burbuja que subo!


Y más afuera, en los dedos yertos del roble milenario, congeladas pajaritas de papel, con los ojos en blanco, descoloridas, con escarchita en sus atenazadas alas, dando un aspecto siniestro todas ellas en hilera parodiando lo que fuera una linda sonrisa.

¡Qué lindo beso de nuevos labios,
 el primero del nuevo año!

¡¡ Feliz beso nuevo !!

                
                          Toulouse Lautrec -"Le lit, le baiser"
(xxxi-xii-mmxii)

Prosa XXVII

    "Cuentos Estivales"  



"Fue curioso ver como, en aquel calor cuarentón y salino de las orillas cálidas del Mediterráneo, las letras formaban remolinos de aromas lejanos y se agrupaban impelidas por una fuerza indómita prestas a perfilar contornos. Fue así, como casi por ensalmo y como salido de los páramos acres de la pasta de papel, como vino hacia mí mi personaje ocupando volúmenes y espacios propios de quien se cree carnal y real, con una sonrisa lejana y defensiva, pero dejando mostrar la suficiente naturalidad como para derribar cualquier frontera de desconfianza.

Entonces, como arrobado por un deber perentorio, insté a mi personaje a dejarse rellenar por el mortecino levante, por los aromas de la tarde y por el sol y, cogidos de la mano de la palabra, paseamos intercambiando claves, códigos y escondrijos de modelos de mundo diferentes pero convergentes.

Parecía, cuando la miraba –pues mi personaje fue mujer – sorpresivamente, que las letras de sus contornos se reconstruían saliéndose de sus trazos de piel, volviéndose quietas y disimulando ante mis ojos parpadeantes, como si quisieran esconder que aquella estaba en constante formación. Como pensé desde un principio, el sol mediterráneo, la brisa salina y los aromas de la tarde hicieron que mi personaje se viniera arriba, cogiendo encarnadura, y los roces involuntarios de manos u hombros se volvieron sensibles y literarios.

Mi personaje, radiante, y sabiendo estar como si hubiera estado durante varios capítulos anteriores estudiando el protocolo  perfecto para no desentonar junto a su creador, se acoplaba a los renglones con maestría y pronto no tuve por más que sentirme orgulloso de ella e incluso hubo instantes vespertinos en que la luz del mar le prometían capítulos largos y profundos de vitalidad y enjundia literaria como para soñar con trilogías.

Durante la cena, bajo el sopor del desconcierto nocturno y empapados por los lengüetazos ardientes de olas húmedas que saltaban de la cercana playa, el personaje se terminaba de definir, sin dejar de contemplar, eso sí, aquel extraño proceso de letras saliéndose de sus contornos, como grupos de arañas correteando por su acanelada piel, para volver a esconderse a cada gesto, cada mueca, cada silencio… Su sonrisa, metafórica y literaria, sus ojos redondos envueltos en miradas rasgadas de lector ávido y hambriento, y su conjunto aniñado, pugnaban por la perfección del canon prefijado por mi mente, envuelta en el celofán del sueño, y amparado en unos ademanes nobiliarios, precisos y exactos.

Literalizando bocados y relamiendo aromas de rojo vino y granates entrecejos sobre insinuaciones a media luz y a tope de bochorno, se nos abalanzaba el final de la tarde desde las faldas indómitas del castillo. Mi personaje, de perfecto ya perfil cincelado, remató la conclusión metódica y rotunda de su biselado comportamiento protocolario en suaves guiños de naturalidad artificial. De nuevo, cogidos por la palabra, caminaba a mi lado al mismo tiempo que hilvanábamos, ambos, el antepenúltimo renglón. 

A lo lejos, me pareció que el mar nos llamaba.

De este modo, cara a cara, enfrentados a una sutil despedida y un fugaz reencuentro – un olvido, un espera, un no recuerdo – los ojos se quedaron quietos, como de tinta eterna, esperando la suave cadencia de la página cortando el aire. Sin más, ella se aupó como impelida por un sentimiento hondo. Sus besos en las mejillas me coronaron con la mitra de la paradoja y su presión en mi hombro firmó un me gustaría que dejó huellas de letras arácnidas correteando por mi pecho.

De vuelta, mis pasos me encaminaron al mundo de la orina y el gasoil seco ;mientras, en mi mente, se iban formando los nubarrones premonitorios del creador que sabe que un personaje se hace fuerte en sus páginas y que el riesgo de cruzarse de nuevo en algún corredor con él y su misterio de atipicidad atractiva lo condenaban a perecer aplastado por el peso de las páginas de su propia novela, por el atávico miedo a sucumbir ante el brutal encuentro con la realidad y el deseo mirándolo a uno desde los mismos ojos.    

A mi espalda el mar seguía soñando en silencio."

                                                                                                                         (xviii-xii-mmxii)



Prosa XXVI

    "¿Quién, yendo solo conmigo, me acompaña?


Hay veces que ando por los caminos asustado de mí mismo. Por pinadas de verde apagado por el rigor del incipiente invierno, se me desgaja un ser con mi rostro que me acompaña apalabrando dentelladas llenas de vaho incomprensible y extraño. No es la primera vez que me acecha en los recodos de los caminos, que se amaga en los árboles de falanges difusas en las encrucijadas, que se agazapa siniestro y oscuro en las jaras y tras los espinos negros, que tira de mi en las bifurcaciones y cruces de aquelarres.

Conciencia stevensoniana que musita negatividad en un aliento pútrido de muerte adelantada. Un rostro que se deforma y se contrae, unos ojos ígneos y amarillentos y un chasquido sulfúrico en mis axilas. Al que no conozco y el que nunca deja de sorprenderme. Sombra negativa y negativizante, hombre inhumano e inhumanizado que se desgaja con láser de hielo, con cirugía de odio y rencor… que acaba por paralizarme de puro pánico, y al que no sé enfrentarme porque me enfrenta y conoce todas mis defensas, arterias vitales y puntos débiles. Hombre acechante y acechado.

Cuando brilla la luna, y titilan destellos de mariposas azules, y luciérnagas de ojos maternales lo pulverizan todo en un baile de tenue luz, la verdad se me acopla en el paladar y mi palabra me recobra y resucita.

- No te acompaña, te persigue... - susurra la lechuza.

El Bueno huye de esa sombra atemporal, y el Malo alarga sus zarpas para aferrarse al alma, para que lo lleve en cuanto la hinche y la llene de viento de amor, como los trapos de un velero bergantín, ejerciendo de negrura infinita.

A vueltas de la palabra, el Bueno prepondera. Las sombras del camino demoran al terco guardián.
En tu marcha, ¿cuántas víctimas dejó malheridas? ¿Cuántos surcos rompió? ¿Cuántos ojos veló? ¿Cuántos ceños frunció? ¿Cuánta esperanza partió? 

¿Cuándo te robó el perdón?

Lo hace para defenderte, sí… pero, a veces, cuando te giras y ves su rostro gélido y luciferino, sabes que te para el corazón. te hiela las sienes y estallan en canas.

¿Quién yendo solo conmigo me persigue?

Escucha, el ruido de zarzas roedoras. Es él que te acecha…
No hay más solución: que el Bueno no se pare, que sepa que anda eterno el Otro en los lindes del camino al cobijo de las sombras, que pugna y pugnará por aferrar su alma, pero al Bueno no le queda otra que seguir su camino con una sonrisa en el rostro, yesca y pedernal en sus bolsillos, una canción en sus labios y un gorro de juglar con cien mil cascabeles…

- Eso lo mantiene alejado.

Y, por supuesto, no mires atrás.




                               (ix-xii-mmxii)


  Prosa XXV

    "¿Por quién me tomas?" 

    ¿Cómo que estás preso de mis palabras? ¿Por quién me tomas? ¿Por un encantador de serpientes? ¿Me parezco al cruel y aniñado flautista de Hamelin? ¿Acaso piensas que mis palabras siguen un guión preestablecido? ¿Acaso las palabras piensan? Las palabras salen: a veces como manadas de bisontes en estampida… huyendo del miedo, y a veces hociqueando como un ratón temeroso desde su agujero… olfateando el miedo..

     No, no.. mis palabras no son tendenciosas redes de lino que atrapan incautos.. es más.. de las palabras se libera uno tan fácilmente como cuando te sacudes las gotas de lluvia del hombro… no hay más engaño que el que necesita quien las escucha… si no quieres que te lluevan.. hay porches…

     ¿No será que no te quieres liberar? ¿Que, enredado en ellas, tejes una curiosa armadura de raíces?
    No finjas que las esquivas pues vienes salpicado de ellas como los bosques de mentas y jazmines, como los veranos de arenas y sal…

     Es tan fácil no escuchar lo que no se quiere como no querer lo que no se ama.
    
     Haz ruido y huirán…
    Ama en silencio y vendrán…

“a veces como manadas de bisontes en estampida… huyendo del miedo, y a veces hociqueando como un ratón temeroso desde su agujero… olfateando el miedo..”

    Las palabras nunca dicen más de lo que uno quiere.



                                                                                                                                                              (xxii-xi-mmxii)


     Prosa XXIV

    "El tirador de esgrima" 


El eco de tu respiración no acalla las eses que zumban cerca de tus orejas, ni las tes metálicas que tintinean tras tu técnica defensa. El cuerpo lo notas bañado en adrenalina y los músculos en tensión, concentrando el arte y la habilidad al final de tu extremidad. Surca el aire en escorzos imposibles y en destellos plateados que dejan un limpio rasguño en el aire invisible… la estelada punta diamantina.
Marchas… el renglón parece enderezarse.. tu oponente aguarda recortado en blanco, con un manchurrón de tinta oscilante que esquiva tus tiros con petulancia y destreza.
Zumban las emes, y una atrevida ge rasga tu guante; tus músculos imitan lo elástico y se disparan tras su flexión, las equis,como un resorte…. desbordan las tés metálicas, incluso las ches y las apagadas des… Tu cuerpo es una máquina perfectamente engrasada y tu cerebro un diccionario preciso y afilado…
Fondo… y la punta desafía el infinito, persigue virginidades, evasiones…. Contraataca.. rompes… las zetas embargan tu calzado y las eses te escuecen encima de las cejas…
Fondo… y la punta acorrala al tiempo al borde del acantilado, lo detienes, lo visualizas, tu oponente finta, pero el tiro es certero…  Tocas… y las uves se enredan en tu frente con eles de sudor… tu corazón se acelera más… el sabor del triunfo te hace más preciso. imaginas a tu oponente ávido de victoria y, por tanto, desguarnecido…. las erres se retuercen roncas tras el hierro del rival…. Fondo... rompes… marcha… rompes… alzas el brazo…fondo.... ¡tocas!
Tu cuerpo es un espasmo: la sangre de la derrota resbala por el folio de tu oponente y se diluye en un garabato perdedor…
Uves… victorias… pes de triunfo… jotas de asombro… efes de orgullo… haches de cansancio….e indómitas kas de poder…
Te echas hacia atrás… y en vez de quitar el casco… se lo pones, lo enroscas con satisfacción, y lo dejas descansar junto a la pila de sueños… suave glaciar de lo porvenir…





(XI-XI-MMXII)

Prosa XXIII

    "Noche de Difuntos, 2012" 
  
     Dicen que, en las noches sin luna,

   cuando se quiebra el frío allá en las puntas de los cipreses, si la adrenalina te permite afinar el oído, las losas se hablan, se preguntan, se exhortan.

     Se produce un rotundo jaleo de atronador silencio, donde apenas se percibe entre chasquidos de bocas sin lengua, el cadencioso paso de una lengua de gato por su pelaje de negra noche.
   
   Los ronquidos distraídos y desmayados de las flores mustias que languidecen en sus búcaros de cristalinos sueños corean el paso del tiempo y se solidarizan con él, pudridor e inexorable.

   Aquí ya no hay nada que respirar: parece advertir la boca hierática y marmórea de un asexuado ángel de granito. Tal vez allá, suspira el viento helado en sus aristas; confía, parecen decir sus piramidales palmas pegadas, señalando al cielo.

     Pero aquí… ¿aquí?

     Aquí,

     dicen, que en las noches sin luna,

   cuando se quiebra el frío allá en las puntas de los cipreses, si la adrenalina te permite afinar el oído, las losas se hablan, se preguntan, se exhortan.

   Se preguntan “nada” para responder apresuradas y eternas, “nada”… también.

   Mientras, el tiempo es llevado en remolinos helados de flor seca y hoja muerta en su ronda de guardia eterna por callejas de floridos balcones.

    - ¿Nada?

    - Nada…




(XXXI-X-MMXII)

Prosa XXII


    "...y los sueños...tuyos son." 


            Sólo hay un sitio donde uno puede encontrar lo que perdió cuando nunca lo tuvo: en los sueños.

           Tal vez por eso las personas soñamos tanto, por que, tal vez, hayamos perdido tantas cosas a lo largo de nuestra media vida que nos pasamos la otra media rebuscando en nuestras noches, e incluso, algunos y algunas en nuestros días.

            Soñar se me muestra como una búsqueda incesante, un rebuscar continuo en el fondo de nuestro ya más que maduro baúl, lanzando fuera ropa vieja, descatalogada, chismes, cosas inútiles en nuestro iluso afán de encontrar siempre esa dichosa perla perdida.

            Los soñadores se pasan media vida anhelando cosas que nunca han sido suyas, que nunca han tenido, tal vez las tuvieron muy cerca, tal vez anden lamentando las “chances” desperdiciadas, y los trenes perdidos en nubosas estaciones, por cobardía, orgullo o estupidez; tal vez incluso alardeen de que las tienen... pero, ¡ay! ¡en una frontera tan diluida con lo sueños, que vaya usted a saber!

            Ea, al fin y al cabo, buen consuelo es, pues los sueños juegan contigo, sí, pero acaban por mostrarte lo que buscas y rara vez te esconden algo....aunque luego no recuerdes el maldito sitio donde lo encontraste...¡caray!

...pues toda la vida es sueño...
y los sueños... TUYOS... son.

Intertext - "La Vida es Sueño"
 Jornada III, Escena XIX 
 (P. Calderón de la Barca)

(XXV-X-MMXII)


Prosa XXI

    "I, Robot "       

     Paseando por ciertas escombreras, me vino el rumor – la peste - acre y conformista de que no eran buenos tiempos para la poesía. Al principio me sobrevino una sensación de hastío y rendimiento, incluso de coraje, de rebeldía que poco a poco se fue convirtiendo en pena para ser enterrada en resignación.

     Cuando por fin pude sacar la cabeza de la miasma de podredumbre, egolatría, consumismo e ignorancia, esa sensación de pena que en la ultratumba resulta de resignación, empieza a resucitarse en privilegio.

     Cuando observo de un modo científico cómo los rostros de la mayoría empiezan a convertirse en cuadriláteros unidireccionales, respiro profundamente al ver mi cara hecha un ocho arrítmico y estrófico delante del espejo, zafándose del pesado lodo del todolomismo que empieza a involucionar al ser humano.

     No corren buenos tiempos para la poesía porque no corren buenos tiempos para nada noble ni bello. La perversión de valores de nuestra sociedad es tan artera y ladina, tan taimada y hábil que nuestras neuronas se están recubriendo de un curioso látex profiláctico que amenaza con convertirnos en anchoas ultraconservadas que para sí quisiera el cubito de Walt, el que inventó al pato Donald.. Algo – proviniente de Mordor, o del Hades, o del Averno – nos insta a confundir lo bello con lo práctico, y lo noble con lo correcto... y al bueno, con el imbécil.

     Algo pugna por instaurar que el fin último del hombre,su estación término, es no pensar, si no sobrevivir sin volverse loco... algo similar a los de Atapuerca...

     No corren buenos tiempos para la poesía, porque no corren buenos tiempos para el Hombre. El Hombre languidece, se eclipsa, se colapsa y se miente. Mi amigo el de Petrovichi, el de I, Robot, anduvo cerca cuando imaginaba un mundo donde las máquinas acabarían por dominar al hombre: y digo anduvo cerca porque no ha hecho falta que las máquinas nos dominen, ha bastado con convertir al hombre sencillamente en una máquina.

     A veces, mirando con ternura infinita de aprendiz de poeta una máquina de coca-cola, me cuesta mucho adivinar diferencias con cualquiera de mis vecinos. A la postre, le introduces una moneda por la rajita y te dan un refresco.... como el delfín un gritito, el perro, la patita, o la foca, un aplauso...

     De este modo, acabo por concluir, en esta madrugada de indolencia febril quasi becqueriana, que escribir poesía es como pensar a pelo, como cuando un adolescente – digamos – irresponsable, cabalga sobre una temblorosa adolescente sin utilizar protección, esperando que a alguno de sus millones de cabezones no le dé por joder la marrana y acertar de pleno en el desacierto.


     Aunque esta Humanidad triste, decadente, lobotomizada y sin pausa versal, ni sinalefa mística, ni agudas que suman sueños al final de los versos, siempre contará con la píldora del día después que todo lo arreglará arrojando el fallo histórico por las resbaladizas paredes de cualquier bidet.

I, Robot, (Alex Proyas, 2004)
Link Image ---> "I, Robot" - The Alan Parsons Project

(IX-X-MMXII)

Prosa XX

    "Hijos de un dios Mayor"

       La soledad agudiza los sentidos. Convierte lo insignificante en significante. 

      Las ausencias quitan el velo de las cosas, hace a los fantasmas corpóreos y las palabras respiran y sudan como mamíferos aletargados. La soledad te ayuda a contar las gotas de lluvia, a observar el minucioso laboreo de la hormiga, los tímidos cabeceos de la abeja, las dimensiones exactas del rectángulo de ventana por donde se reinicia el mundo cada vez que tus ojos lo desean, los golpes de azada del carillón pendido en la horca de cal y yeso del tiempo. La soledad persigue correteos de arañas patas largas, oye los festines pantagruélicos de los corcones en las colañas, compone nocturnos de piano con las gotas de lluvia, atiende a los murmullos sin dueño, persigue ondas de aire, dibuja caras en las losas, y lanza muecas seductoras a la pérdida de tiempo.

      Estar solo es buscar amistades en lo ignorado, ducharse de horas, broncearse de tarde, aplastar mecedoras y pintar parterres a trazos de pestañas. Imaginar siluetas paseando las aceras de nubes, cabalgar corceles, arriar mesanas, visitar corales, besar aromas, abrazar vacíos.

     El solo, si escribe, anda siempre en medio de una muchedumbre a veces escandalosa y a veces taciturna. Visita burdeles, frecuenta puestos de especias, se persigna en iglesias de cera, taconea las saladas tablas de los embarcaderos, se aturde en chanel nº 5, limpia con el codo mugrosas barras de taberna, despierta abrazado a una estudiante, añora oasis, aplasta un anófeles, es perseguido por árticos lobos, lanza un sedal, busca analgésicos en mesillas confundidos con 9 mm parabélum...

     El solo si escribe no esta solo y debe mirar con frecuencia a sus espaldas, le revolotea la traición, desconfía, se cepilla con las palmadas de aduladores, paga a truhanes, se tiñe de zalameras, recela de tahúres, se apalma las cejas cuando un conocido amenaza con reventar la luna del escaparate de su soledad y se guarda de los Idus de marzo.

    El que cabalga a lomos desde las multitudes del amor y se siente querido, no está solo... ése mira como un dios barrigón y mayor las disputas inútiles de sus millones de Solos que sobreviven entre ovas de esperanza y siniestras algas en el caldo de la infestada charca de la irrealidad y, sólo si le apetece, de vez en cuando, pasa la página.

René Magritte " La llave de los campos", (1898)
                                                                                               (XXX-IX-MMXII)


Prosa XIX

"Palabras a Remo"


Nada es para siempre siquiera el mar, pero le tiembla la piel y es camaleónico en sus azules.


El poeta presiente que siempre hay un “tu dulce habla, ¿en cúya oreja suena?” que diría el clásico (Garcilaso de la Vega - Égloga I (Habla Salicio)). No han de penar sus versos colgados del infinito a ser huérfanos de oído gustoso a quien acogerse. Las palabras son inteligentes, sagaces, tercas, irrompibles,driblan y serpentean obstáculos y tiempos, incomprensiones  e incluso pueden tomar a bien  un culo de vaso sucio con whiski caliente y acre en los arrabales de la frustración y la decepción.



Tal vez, aun así, tengan preferencias... seguramente.



Hay tantas personas como palabras y aquéllas florecen a la par que éstas. No ha de penar  el poeta por eso…



Pero el corazón  no sólo vive de palabras… y hay persona más allá del poeta… y si en el poeta late un keyboard anodino y oscuro… en la persona late un corazón…



Las palabras surcan los espacios de la realidad, sobrevuelan la mentira del statusquo. Pero si las palabras lo pudieran todo…



“hubieras paseado por mi playa

y el frescor de la arena

entre los dedos de tus pies

hubiera construido poemas como castillos…”



Pero las palabras no lo pueden todo, por eso el poeta aferra la pluma con la derecha y con la izquierda se aferra al alféizar de la realidad…



A veces las palabras no entienden de humanidades, ni razones, ni motivos, se aprestan a tejer sueños que sabes imposibles.. ¿Ellas? ¿Qué entienden, si, manipuladas por tus anhelos, creen hacerlo por tu bien? 



¿De cuántas maneras las palabras pueden rasgar un folio con un no puede ser…?



De tantas como latidos…



Y eso que, en el fondo,… hacen lo que pueden…




 Dejé a la palabra confusa, 



en su barca de rima y metro,



diciéndome adiós con su cuerpo,



y por qué con su mirada, 



y el porqué mueve los remos,



hacia confines eternos,



hacia olvidadas palabras.





                                                                                                                                               IV-IX-MMXII




Prosa XVIII



"Cuando el Levante calla"

Cuando el Levante calla, el silencio se hace cristal y petrifica las almas del mediterranita. Los corazones dejan de bombear azul… se enquistan… se aletargan las sonrisas y las pieles restallan doradas, como oros muertos.

Cuando el  Levante calla parece que murió el Otro Lado, que no vendrá más eco que muerte, y que ese aliento de vacío y sequedad no es sino la tráquea de la misma nada. Los rostros salinos del levantino cínico se resecan, se acartonan y atrapan la luz para el invierno.

Cuando el Levante calla, se cuece el Oriente a fuego Lento más allá de las dunas marengo y añil de los altamares; se fríen las turquías, se cuecen las cretas y las altivas olas no vienen sino sumisas y esclavas a lamer las olvidadas plantas del atónito mediterranita que boquea y suspira por aquellos besos de septentrión de cristal de hielo y lengua envuelta en mentas y hierbabuenas.

Cuando el Levante calla, mis orillas se encastillan y mis arenas amenazan con convertirse en vetusto sillar mesetario. Los pinos se hacen torreones y almenas y mis mares suelos de aburridos dameros blanquinegros. El Mediterráneo vuelve la espalda y mira al oeste, velando sus ojos y adquiriendo un sesgo fantasmagórico y espectral de esclavo del señor Meridión.

Cuando el levante calla, mis jardines adquieren formas leoninas, se dibujan diáfanos valles soletanos y las verjas se forjan en hierro de acerado tajo, donde las Sorias y las Segovias cimbrean sus cuerpos palentinos esperando que el espíritu sagaz matritense sacuda la extensa mancha seca de la eterna sangre del toro

Cuando el Levante calla, este pellejo inútil deja de respirar, se socarra el segundero y se licúa el tiempo. Si la chicharra se calla, dicen que se puede oír hervir a Dios, pochar las umbrías y rechinar los polos. Las nubes se incendian y las noches bullen ensueños árticos de helados orgasmos. El mediterranita se desvela y en la madrugada, mirando al Este, impreca, passis manibus, que le devuelvan su aliento.

        Cuando el Levante calla, dicen que Dios piensa si valió la pena… crear este estúpido respirante… que tal vez merezca ser engullido por el voraz Sahara envuelto en las pesadas túnicas negras del Poniente… el mismo que engulló la Atlántida...


(XXVI-VIII-MMXII)

                                       
 Prosa XVII

"El David de M."


La amistad ni se busca, ni se encuentra, ni la predispones, ni la predeterminas. La amistad se esculpe. Es fruto de un ingente y apoteósico trabajo escultórico de superación en la perfección personal; llevar al máximo tal vez la ética formal de convertir tu comportamiento en el propio leiv motiv de la existencia… 

La amistad es como arrancar al David del enorme bloque de mármol donde lo asfixia el no ser, donde boquea como un nonato que intenta liberarse de la masa marmórea de la no existencia. Escoplo a escoplo, soplido a soplido, la yema de los dedos se apresta a comprobar que no hay asperezas, ni aristas, ni imperfecciones… se apresta a comprobar que la suavidad del mármol está en el justo grado que al escultor apetece. Se aleja un poco para ver la proporción exacta, se acerca un poco para corregir la curva exacta del músculo.  

La máxima fuerza del escultor radica en su voluntad, en esa obsesiva imagen del hijo retorciéndose falto de aire en su placenta de mármol, que tiene como único posado la voluntad de poder, el querer, el “te quiero crear”, "te libero".

No provoca, no es estridente, ni alardea de barrocos, ni aburre de sillar románico… crea… suma… siempre suma… renace.

Hay amistades de proporciones davídicas, y hay fiascos de terracota…

Hay cariño y hay vano y vulgar interés.

Hay presencias eternas, ausencias eternas y sueños eternos.

Hay trenes que pasan.

Hay holas y hay adioses…

Hay personas y hay mitos.

       Hay escultores y está M....
                                                                                                

          La Cañada, 
(Paterna) Valencia
XIV-VIII-MMXII
                                                                                                         

Prosa XVI

"Palabras"

Las piedras son palabras que se quedaron sin oídos.
Las nubes son palabras que buscan sus oídos.
Las estrellas son palabras que amaron y fecundaron aquellos oídos.
Las mariposas son palabras niñas que acarician los oídos.
Las huellas son palabras que te llevan a otros oídos.
La espera es una palabra tarda que nunca llega al oído.
La noche es la no-palabra en los oídos.
La estupidez es una palabra al revés que descuelga al oído.
El rencor una palabra carnívora que devora tímpanos.
El olvido es una palabra que no sabe dónde está su oído.
La incomprensión es una palabra en blanco en unos velados oídos.

El sol son todas las palabras en tus oídos.
El mar un enorme tintero…

Y mi palabra favorita eres tú…

Nada se pronuncia mejor en mis diez labios… Nada ni ninguna. 




Prosa XV

"Hilos Inmortales"


Recuerdo, a malas penas, la película de Hércules (Ron Clements & John Musker, 1997) de Walt Disney. En ella hay un momento en el que las Moiras se apresuran a cortar con unas tijeras oxidadas de rencor y melladas de estupidez incomprensible el hilo de la vida del semidiós. Cuando están a punto de soltar el tajo trapero de la intransigencia y la soberbia, el hilo se ilumina y la tijera muerde en vano, ante el asombro de Átropos y sus contrahechas hermanas. El semidiós ya no es semi… es dios, el hilo de su vida se ha convertido en irrompible, en indestructible: ajeno al tiempo y al bastidor del aparato fonador reseco y oscuro de la Moira más anciana: Hércules ya forma parte del Olimpo, al que, por cierto, más tarde renunciará por el amor con una mortal, Mégara, destino que, curiosamente muchos semidioses han seguido, renunciando a su inmortalidad.

Hay hilos irrompibles. Hay hilos que se recubrieron de esa capa plástica de inmortalidad incorruptible e inmutable. Hay hilos que ni el desencuentro más feroz, ni el malentendido más terco, ni la discusión más increíble pueden cortar.

Torpes tijeras… torpes, tres veces torpes tijeras.

Hay hilos que ya son irrompibles por mucho que sean tensados por la avara y vil mano arrugada de la Moira más dañina. Hay cosas que no dependen ni siquiera de nuestras torpes palabras o conjeturas. Gestos, palabras, esperas, deseos, perdones… allá andan dando vueltas en la puta rueca de Láquesis. Hay cosas que incluso están por encima de los hechos… voluntarios o no… premeditados o no, culpables o no… Hay hilos inmortales… pues el tejido que los forjó se hilvana de nube y sueño… en el sueño desguarnecido de Cloto.

Hay hilos irrompibles y corazones que tienen memoria. Mucha… Lo que ocurre es que el corazón necesita sangre para latir… Es una estupidez tener un corazón latiendo a tope bombeando vacío… sin venas que orquesten el músculo.

Mi corazón tiene memoria. Mucha… cosida con hilo inmortal.

No hay tijera que corte eso.

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XIX-VII-MMXII


Prosa XIV

"Corazones Sordos"

Cuánta razón tiene el dicho de que ”ofende quien puede, no quien quiere”. ¿En cuántas ocasiones no hemos asistido a multitud de insultos anónimos? Un insulto a una persona que no te quiere es algo totalmente huero e inútil. Son palabras basura, que ni siquiera, como otras que tal vez merezcan redención, se las pueda llamar palabras barbecho. Insultar a un conductor que no respeta tu derecha llamándole ¡orejas!; insultar a algún incívico que se deja un trozo de su propio cerebro en la acera, al no recoger la caquita de su perro; increpar a un político desde el sofá que puentea el wonderland de la televisión; o el delantero que la tira fuera… sin portero…; el insulto se va diluyendo hasta la categoría de palabra necia en umbral de oído sordo cuando nuestro destinatario es alguien que no forma parte de nuestra historia, ni siquiera de nuestra intrahistoria. Pero si la página es común, la de la historia o la de la intrahistoria, las palabras se convierten entonces en dardos despiadados, en dagas, en falcatas, en alfanjes, en toda suerte de armas blancas.. o negras … - y tal vez un gesto en mortífero veneno - cuando el insulto o la palabra acerada y acre viene de un corazón que te late o te latió. Por inesperada, por injusta, por alevosa, por traicionera, por desconcertada, por insensata… ¡por cierta!, por incomprensible… las palabras se afilan apoyadas en el quicio del rencor, del exabrupto y te asestan el golpe mientras tus cejas hilan paralelas de perplejidad en los pasillo del tiempo.

Hay que cuidarse de ellas, hay que evitarlas… Y olvidarlas tras sentirlas.

Ante el paso gélido del desconocido, del extraño que por un momento chapotea con su tinta inútil los márgenes de tu página sin más pretensión que emborronarla, no hay mayor cataplasma que la indiferencia, la sonrisa ladeada y volver a enfilar los lados de tu propio sendero.



- Me desprecias ¿verdad, Rick?

- Si llegara a pensar en ti, probablemente sí.



Humphrey Bogart a "Ugarte" en Casablanca 

(Michael Curtiz, 1942)






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                                                                                         XIII-VII-MMXII
Prosa XIII

"Callares"
     
      Cuentan en Peter Pan que cada vez que un niño no cree en las hadas, muere una.. pero cuando un niño da una palmada, resucita…
  
Cada vez que alguien calla o incomunica o prefiere el silencio, practica un sutil genocidio de palabras… porque no cree en ellas.

Las cunetas están llenas de mortajas no dichas, de diálogos truncados, de conversaciones quebradas, de oportunidades de ataúd, de pordecires condenados al limbo… Nuestra propia frente no es sino procesión de palabras que teníamos que haber dicho, saboreado, sufrido, masticado, disfrutado…

Si tienes algo que decir, dilo. No conviertas a la palabra en marfil y la cuelgues en la vitrina de tu encía.

Por muchas extremidades que el hombre tuviera, por mucho que la fuerza mandibular le aumentara o por mucho que nuestra masa muscular se ciclara o se desarrollara, nuestra fuerza radica en el aparato fonador. Utilizamos el silencio o la voz como arma de defensa, de persuasión, de atención, de guerra…de amor, de seducción.

Pero callar…

El silencio es el traje de la indiferencia o la ignorancia. Muchas veces de la intransigencia, de la intolerancia e incluso de la prepotencia. Decidimos no contestar, no dialogar, porque no vale la pena o porque nuestro adversario dialéctico no se merece no ya una explicación, pero ni siquiera una negación. Ni dos ínfimas y asesinas letras: “no”.

Cierto es que cuanto más tonto más se habla. Quienes más hablan son los embusteros y los fanfarrones y quienes menos, los rencorosos y los enamorados... Cierto es que “dios nos dio dos orejas y una sola boca para que escucháramos el doble de lo que hablamos…” Cierto es que “por la boca muere el pez”, “que en boca cerrada no entran moscas” y que “boca abierta, puerta abierta…” pero callar…

Callar es un poco nazi… a medio camino entre la cobardía y el endiosamiento. Callar es de un egoísmo de burgués barrigón, o de reo en banquillo…

Pero callar…

Pese a ello, hay que convenir que hay silencios justos y silencios injustos. Hay callares  escritos en las piedras, hay callares necesarios y hay callares para siempre. Pero estos callares son justos por necesarios. Digno de censurar es el callar injusto. No se puede condenar al silencio a quien, aunque sólo fuese una vez, dijiste que lo querías. No debería existir suficiente corcho aislante convertido en odio que pueda mitigar el eco de aquel te quiero. No se puede negar una palabra a quien otorgó el privilegio a tu corazón de llamar a él. Los abrazos callados a quien te quiso te retratan, te solidifican el rostro, de hacen estatua, te matan un poquito.

De persona el oficio es hablar, callar, de nada, de huecos, de noches. La noche se pasa todo el rato gritando silencios, por eso todos duermen, porque a nadie interesa. Callar te empobrece. Pero callar no es lo contrario de parlotear. Se llama callar a no querer decir, a negar la palabra, a sabiendas de que la estás negando…

El silencio te hace invisible, tal vez para lo malo, pero para lo bueno. ¡Tendremos tanto tiempo para callar…! ¿Lloraremos el día que nuestro cráneo eche de menos el rebotar de los ecos de nuestras palabras aciagas, fantásticas, bonitas, hirientes, equivocadas, salvíficas…?

Si tienes algo que decir, dilo. El silencio es un triste aborto. Da a luz…

Bonita tortura cuando Ayla, en El clan del oso cavernario (Jean M. Auel) es condenada a ser ignorada por toda la comunidad: aterrorizada, ve cómo sus palabras atravesaban los cuerpos de sus comunes como si no existieran… no hay oídos. Y la llaman condena a muerte, porque realmente lo es. No hay mayor odio que no hablar, ni peor beso mortal que no escuchar. No escuchar es besar de muerto, callar es besar a un muerto. No hay mayor autodestrucción… Recuerdo a Tom Hank hablando con su pelota de vóleibol… Wilson… (Náufrago, 2000 R. Zemeckis)

¡Ah del que calle, cuando quisiere hablar y no encuentre su lengua!

A veces, tras abrir los ojos ante un nuevo día, nos apresuramos a decir algo… aunque sea para nosotros mismos, en nuestro ardiente monólogo eterno, porque de personas hablar es el oficio…

Callar es oficio de muertos…



(XXIX - VI -MMXII)

Prosa XII

"Mientras se maquilla"


Mientras se maquilla, la frente no para de arar caminos en las estrellas.  El espejo le devuelve una mirada donde las pavesas de la vida todavía desafiaban al combustible vital, y en la retina llueve, caen las lágrimas de san Lázaro esgrimiendo palabras y sueños de Perseidas en escalera de sonrisas: arañazos de luz en el firmamento de su retina. Sí, su pupila intenta abrazar la existencia envuelta en aroma de cosmético y recuerdo, de canción de pericardio florentino, y azabaches de higuera, de laurel y de mármol. Talles de avispa, pies pequeños y arenas cálidas.
La orquesta, lejana en su foso,  busca el la como el ciervo la fuente, o como el horizonte cuando se apresura a comulgarse al sol, allá donde dicen que los sueños se hacen realidad y la tinta late y bulle como un corazón dejado a secar al destino. Las cejas sudan tiempo y humedecen de plata y cosmético las patillas, nevadas y nubladas. En cabalgata de trozos felices se despeñan las frases, en un portentoso salto de ángel, en un Iguazú de ensueño donde niñas en barca, juegan con sus parasoles fingiendo relojes… abocadas a la espuma donde el miedo lo tritura todo, allá abajo, en el estruendo del inconsciente.
El lápiz negro recorre como un bisturí atónito mofletes, barbilla y comisuras. ¡Desgarra, deforma, metaforiza, espeluzna, abyecta… disfraza¡ ¡Tú, corona de mal tus canas, convierte en clavos las patas de tus fonemas: monstruízate, ensangrienta al esperpento, enmierda la nieve, fantasmagoriza, repele, asusta!

“Vultus horribilis, nefanda facies!” 

Ya no eres tú quien te mira…
Te das miedo.
Te odias. Te sonríes.

-“Es necesario”, musitas…

Cuando pisas el escenario el público esculpe un rostro de terror tranquilo, de boca abierta y mano aferrada a varonil antebrazo… para seguir una cerrada ovación…que simula el tableteo óseo y esproncediano de una noche salmantina.
Tu personaje de malo malísimo dibuja trapecios por los andamios del libreto, entre espinelas y octavas, entre redondillas y apartes.

Sólo una niña no aplaude

"cuando el telón se arrodilla en granate
y en el escenario ya  nadie late..."

Parece no entender…
O sí…

¿Qué más da, quasimódica gárgola de frías entrañas, informe esfinge ciega, forajido embozado del ritmo, cuatrero cruel de sinalefas, ladrón de rimas? ¿Qué más da que ella no sepa que la veta de este mármol es sangre caliente que fluye?
¿Qué te ha de preocupar, funesta sombra, atrezzo inútil, quién cante tu porqué entre bambalinas?

-“Carancanfunfa, sal y piruetea: la Reina se aburre.”(*)

       ¡Oh telón, oh dichosa gravedad, oh amor! De personaje pasaste a decorado y te busco distinta, inútilmente, cimbreando mi joroba de triste lado a lado triste.



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(*) De “Las soledades de Carancanfunfa” F.N. (Jaque a la Reina, 1986)

(XIV-VI-MMXII)

Prosa XI

"Azahar Muerto"


El seco calor que sube por el tronco del naranjo borde amortaja la primavera y la confina a eco de sonrisas naranja y juventudes que se despeñan por los atrios. Azahar muerto. Azahar muerto de tarde y esquina, de huerto y acequia, de leñas lejanas, de recuerdo y tristeza, de perros que ladran, de suelos de cemento, de cabra que bala. 

Casi lamento olerlo y respirarlo. Me trae infancias dislocadas, caleidoscópicas. Los naranjos bordes, mientras escoltan mi paso, mantienen pensamientos azaharosos de soledad y tristeza, de lejanía y reloj fulminante; me miran como si me recordasen, como si yo fuera el mismo de aquellos olores, e incluso ellos fueran los mismos que me escondieran mientras vigilaba sexos en hilera las tardes de abril lejano: "y" griega y vocal "o" en carrusel infinito.

El olor de la flor muerta siempre me mete en cuarto de muebles oscuros, paredes de yeso y tiempo flotante; de ayer masticable, de sombras esquivas, de niño que rebosa vida y que la desperdicia… de pan, de madre, de naftalina y de tabaco negro.

El olor a azahar muerto me recuerda a pólvora disparada, a beso tirado, a palabra malgastada. La muerte huele, el vacío huele, el paso del tiempo huele. Este aroma es un aldabonazo en la trastienda de mi mente…

El azahar es el sueño del naranjo que, durante breves y cíclicos periodos, se sonríe a sí mismo y se regala esa poesía olfativa que lo enseñorea y lo hace perfecto…

Luego quedará la realidad de verde sobrio, de triste tronco y de insignificante esquina, de normal existencia el resto del año que, al paso vital y pensativo de su trasunto, dejará enredado en su pelo lágrimas apagadas de azahar que fue, de azahar muerto… y de borde fruto… borde porque le llevará a pensar una vez más que, siendo eternamente el mismo, creerá cambiar y seguir una inexistente línea recta: la hilera de naranjos acipresados que le llevarán, como todos los días, a casa.




(VIII-VI-MMXII)

Prosa X

"Courage"


With time the courage becomes a simple wait for the courage of others.
        My cassandrian frown leaves me an apathetic taste when others expect something of me, and their wait, or even requirement, for my courage lets me unable to think straight leading me to the chameleonlike mineral pose, since at the bottom of the barrel of my courage, alien groups of long legs spiders play.
No more bait and the fuel melted. Even more wax which burns ... that we would say here. My heart went from beating actor to rhythmic observer. Be welcomed that idea that has real interest in being welcomed. The courage remained for the arrogant person that thinks that the fate has wheels... I have smooth skin of hairless primate because I knew to turn words into scales that I release in verses and trifles...
Moreover, courage is assumed to be necessary for extreme situations. Courage is the sister of improvisation, and improvisation normally the sister-in-law of failure. Man of mature wine in deep barrel and in filmy spider's web suit keeps for himself the dark wine of his own ferment... That young wine that evaporates its ideas in an uncovered barrel ends blind because of its own spark and iridescence: enervates without blending.
When you learn to see over time, but not to go with it, you also learn that courage is blind cowardice itself. Waiting for courage is inviting another one to be the first in cliff jumping.
Sometimes I try to empty my head of words, my mouth of untamed lexias in a vain attempt to stop the clocks. But it is chaos. The word is stacked in the still time. For the word to flow, the second hand should mark the way in the firmament of the sphere of life.
It is essential to observe the time, savor the time...  Discover that the time has back, and it is not something of brave people to attack from behind.

It is like teaching those eyes to sip tears, in a sad slow motion.

 (XXX-V-MMXII)
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"Valentía"

Con el tiempo la valentía se convierte en una simple espera de la valentía de los demás.
Mi entrecejo casandrino me deja un sabor abúlico cuando de mí esperan los otros, y me abotarga hasta el camaleónico pose de mineral que esperen mi valentía, me la requieran, cuando en el fondo del barril de mi valentía, juguetean extraterrestres grupos de arañas patas largas.
Se acabó el cebo y se fundió el pábulo. Ni siquiera hay más cera que la que arde. Mi corazón pasó de actuante batiente, a contemplante rítmico. Sea bienvenida aquella idea que tenga verdadero interés en ser bienvenida. La valentía quedó para el arrogante que piensa que el destino tiene ruedas… Tengo piel tersa de primate imberbe porque supe convertir las palabras en escamas que suelto en versos y zarandajas…
Además, la valentía se supone que es necesaria para situaciones extremas. La valentía es hermana de la improvisación, y la improvisación normalmente cuñada del fracaso. Hombre de vino añejo en barrica profunda y en traje de vaporosa telaraña guarda para sí el oscuro vino de su propio fermento… Aquel vino joven que evapora sus ideas a barrica descubierta acaba ciego de su propia chiribita e iridiscencia: enerva sin matizar.
Cuando uno aprende a ver pasar el tiempo, pero a no irse con él, aprende también que la valentía es en sí misma cobardía ciega. Esperar valentía es invitar a otro a que salte primero del precipicio.
A veces intento vaciar mi cabeza de palabras, mi boca de lexías indómitas en un intento vano de parar los relojes. Pero es el caos. La palabra se amontona en el tiempo quieto.  Para que la palabra fluya, el segundero debe marcar el camino en el firmamento de la esfera de la vida.
Se hace imprescindible observar el tiempo, paladearlo… Descubre que el tiempo tiene espalda, y no es acto de valientes atacar por ella.
Es como enseñar a aquellos ojos a sorber lágrimas, en una triste cámara lenta.
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* Gracias por tu acertado asesoramiento en cuestiones de la lengua anglosajona, Marta.


Prosa IX

"Camina de nuevo Diógenes..."

Camina de nuevo Diógenes candil en mano buscando hombres a sol radiante, buscando futuros bajo los toldos del atestado zoco. No encuentra sino espaldas soberbias que trastabillan, y envidias que relucen junto a los puestos de oropel. Ridículo y enanizado, boquea el arrogante bípedo escarbando como un gallinazo alicorto en la mierda, en busca de esperanza. No hay hombres, solo espíritus corpóreos impelidos hacia una inexistente línea recta; gases absorbidos por un tiempo aspirador, difuso y eternamente quieto; catapultados por el olvido a la esperanza.

Sólo se rezuma refunfuñe y angustia. ¡

Maldito futuro que nos condena!¡Mañana, cabrón paridor de crisis y abortador de zozobras!

¡Quien fuera Titán olímpico con fuerza suficiente como para coger del pescuezo al minutero y frenarlo a golpe de músculo y pulsión, dejando escapar su chirrido de rabia y sus chispas de lágrimas!

¡Arda el tiempo en sus melenas! ¡Asesinemos al futuro que nos prostituye! Sueña con que Mañana yazga boca abajo con la aguja corta clavada entre los omoplatos…

Futuro que nos sojuzgas, soliviantas y asqueas… ¿Qué son tus segundos sino el azaroso sorteo del suicidio querido o sin querer?

Don Paco, enviñado y traslúcido, cosámonos con los brazos y cantemos juntos y ebrios en el porche del prostíbulo aquello tan monocorde

“Ya no es ayer; mañana no ha llegado;

hoy pasa, y es, y fue, con movimiento…"


¿Qué coño somos sino diana de minuteros, paredón de segunderos, probeta de horas, experimento de días y morfina de noches?

    Don Paco, enviñado, descornillado y poeputa, bebamos y cantemos a golpe de azadón suizo, que Diógenes acaba de pasar por delante de un espejo del zoco y ni a sí mismo se ha visto el muy gilipollas…


¡Arda el tiempo en sus melenas!

¡Congélese el olvido!

¡Deságüese el futuro por el verde canalón del escepticismo!


(XIX-V-MMXII)
 Prosa VIII

                        "Miserere"

Malos tiempos para el arte… Sí. Y para la poesía.

Esta Humanidad podrida en sus entrañas está dando la espalda a lo bello, a lo eterno, a lo fijo, y se abraza con los ojos a punto de reventar por la metadona del relativismo, a lo caduco, a lo rápido, a lo pronto, a lo que no sirve. Consciente de su propia limitación, se aferra a lo limitado.

Despojado de las alas del alma, el hombre es un paseante muerto envuelto en química y orgasmo, que boquea como un arenque dejado al sol del muelle. Convencido de su imbecilidad sólo entiende de huidas hacia adelante, donde le espera el infinito imbécil.

Nadie se para a entender un poema que, ni da dinero, ni reporta fantasías de impotente humano normal. Nos despreciamos tanto a nosotros mismos, que de nosotros mismos es de lo último que queremos oír hablar.

¿Y si la solución fuera reinventarnos? ¿Dónde si no en el arte?

Huimos del arte porque huimos de la reinvención, de la resurrección: estamos cómodos en nuestra salsa miasmática; en nuestro pudding de autocomplacencia y cobardía; en nuestra mousse de egoísmo.

Malos tiempos para la poesía, sí. Y para el sentimiento. Que es expuesto como bacalao al sol donde lo resecamos y lo salamos hasta que se vuelve cadáver comestible. ¡Qué remedio! Sentimiento llamado a capítulo, juzgado, sometido a un terco auto de fe, donde acabará por abjurar de sí mismo renegando de sus eternos dioses y reconociéndose en connivencia con el mal.

Pobre sentimiento, convertido en huella seca.

Malos tiempos para la poesía, sí. Y para el hombre. Y para la mujer. Que asisten al inexorable paso de su bota destructiva. Naturaleza y arte, arte y naturaleza, bajo el motor del mismo bulldozer, de un dañino primate que se hace sitio, a crueles codazos, sin respetar lo bello.

En nuestro cerebro resuenan las palabras ahogadas que reivindican destellos de creatividad, redención, resurrección y tal vez salvación. Pero nuestro cráneo está forrado por el material que mejor insonoriza: nosotros mismos, aderezados de química, orgasmo y prisa, fusilada de números.

No me extrañaría que hagamos llorar a un dios…

¿Y si la solución fuera reinventarnos? ¿Dónde si no en el arte?

Malos tiempos para la poesía… Premonición austera de estertor, de graznido de moribundo comido de cuerpo y totalmente engañado por el tahúr que tiene una mágnum apuntando a la inteligente sien de su corazón…

Inteligencia convertida en mercancía de plusvalías alienadas. Alma muerta… alma ensangrentada… Arte en sepelio… Poesía de corpore non sepulto…

Miserere mei, corpus!



(I -V - MMXII)

                                                       
 Prosa VII

                        "Somos roles"

La literatura trasciende a la vida real, del mismo modo que la vida real traspasa el folio y se ancla en las neuronas del escritor más simplón. Siempre lo digo y siempre me ayuda a reflexionar cuando me quedo absorto o sorprendido ante comportamientos de personas reales, a los que tal vez bastara con cambiarles la indumentaria y el vestuario para convertirlos en griegos, caballeros Templarios, muñequitos de la belle epoque, terroristas yihadistas, vaqueros de Dodge City o chulapos de Fuencarral-El Pardo.

Somos roles. Repetimos hábitos, reacciones, respuestas, insidias. Hasta mentimos igual y nos creemos superiores igual que lo hacía el chamán grafitero de Altamira. Te sorprende ver como, a poco que tu mente se sepa situar en tal o cual capítulo de tal o cual novela, la reacción de la persona carnal que tienes delante no va a diferir en nada de aquel personaje de papel amarillento que descansa en el particular cementerio de tu estantería, que ya entonces, si acaso, te sorprendió con su reacción. No te sorprendes dos veces, claro. Ni tres…

Los novelistas naturalistas, particularmente los franceses, convertían sus novelas en mesas de zinc de laboratorio, o creaban crueles laberintos llenos de trampas y vuelcos vitales, donde soltaban al “ratoncito” y luego se limitaban a apuntar las veces que se estampaba con tal falsa puerta, o como se debatía por liberarse del mortal cepo en el que acababa de caer. Obviamente, los naturalistas, conscientes de las grandes posibilidades que da el ser humano en situaciones extremas, no estaban dispuestos a crear pestiños infumables donde siempre acaba por ocurrir lo mismo, como en las grandes películas estereotipos en las que el final distaba mucho de ser “él muere y ella se casa con su caballo”.

Por eso resulta tan refrescante, tan precioso, tan en peligro de extinción, conocer gente que transgrede el papel amarillento y se recrea día a día para aparecer distinto, sorprendente, atípico. Es complicado, porque es más cómodo ajustarse al cliché y ser masa anodina, antes que ser la Masa, verde chillón y pegando gruñidos que desconciertan a tu complementario vital-novelero.

En mi particular estudio de los personajes, los personajetes, y los personajillos de mi quehacer diario, busco un atisbo de atipicidad, de sorpresa, de frescura que me haga llevarme las manos a la cabeza. Claro que, cuanto más tontas sean las generaciones, me temo que más se va a tener que tirar del copia y pega y más aburrido estará el cotarro.

Me conformaré, desde mi humilde atalaya de observador literario en lo que el tiempo me deja, con observar a mis distintos ratoncitos ver cómo evolucionan ante una puerta falsa, un cepo escondido, paredes movedizas o apetitosos trocitos de queso repartidos por él, y luego sonreír con sus movimientos y escaramuzas.

Por eso tal vez no me pueda desasir de lo lírico. Aquí no hay personajes ni azules ni blancos. Aquí el personaje son las palabras, que se convierten en ropajes colgados de las perchas, que uno puede coger o no y disfrazarse de lo que se le antoje… Si acaso, el único personaje de mis poemas soy yo mismo, y éste... éste sí que no deja de sorprenderme.




                                        (XVIII-IV-MMXII)



Prosa VI

                          "Tu espalda"

Mis días y mis noches se afirman en el trapecio de tu espalda desnuda. Sentada en el canto de la cama cuando amanece, es sol entre brumas, entre tinieblas… Esa espera vital de sol radiante y terso haciendo media esfera entre rasos. Y cuando languidece el día y me vienen las tinieblas untándolo todo, de nuevo tu luna de trapecio y plata me contempla muda, desde la soledad de mis manos, y aguarda un instante a que mis ojos copien los códigos secretos de tu piel que me servirán de salvoconducto, allá en lo sueños.

Mi vida amanece en tu espalda blanca de noche y yema de día. Mis ciclos de días, solsticios, trópicos, septentriones y meridiones, pasan por el firme ecuador de tu columna que se ajustara al peso de mi impulso y se arqueara como el arco de Odiseo para sostener la flecha que lleve a la eternidad el tapiz de nuestros deseos.

No hay noche que pueda con la luz que irradia, ni tiempo que acierte a condensar sus límites. Piel soluna y mía. Sentada en el canto de la cama, aguardando el firme paso de mis ojos, convertida en heraldo de sonrisa y testigo de cariño hecho piel. Mi sol… Mi luna. Espalda otrora muralla que guardaba tesoros y hoy portón franco que cede tan sólo a la suave presión de mi mano en su hombro. Se derrumba la muralla y aparece ella, sin pasadizos ni asedios.

Aciago será el día en que tu espalda sólo anuncie mi ceguera, y no existan los límites divinos del trapecio de vida, allende las sombras. Aciago cuando estire mis manos y entre mis dedos se deslice la ceniza del vacío, y tú no estés porque yo no esté.

¿Quién mirará tu espalda? 
¿Quién sostendrá la mía?






(VI-IV-MMXII)
Prosa V
                           "Dos cuencas" 


Indefectiblemente, – inexorablemente se diría – la liturgia comenzaba con un somero tanteo de las afiladas rocas del espolón. Las palpaba como si no las creyera, como si dudara de si realmente estuvieran allí. Su parsimonioso ademán, elegante y precavido en exceso, siempre acaba por elegir la misma roca: la más alta, la más desafiante, la más engreída de aquel cementerio de sillares marinos, de aquel rompeolas, destroza sueños, frena mares. Como si quisiera huir de la pegajosa sombra del hotel que a sus espaldas robaba el sol de la tarde, por culpa del mazacote rectangular que manchaba el azul… como si quisiera huir, cabalgaba en la parsimonia litúrgica hasta que sacaba el pañuelo, el eterno pañuelo de tela, lo desplegaba con movimientos aprendidos a fuerza de tardes, tal vez de miles de tardes, y protegiéndolo de los lametones del fresco levante se abalanzaba sobre él hasta que lo aseguraba con su propia persona. Sólo bastaba entonces con contar hasta tres y esperar que se convirtiera en roca. Como si llegara un rayo del horizonte, como un lanzazo de Hermes, o como si Poseidón, arquero a caballo de las olas, le atravesase el pecho con un dardo azul, presto a cauterizar a la sal… Se hacía roca, se petrificaba, se hacía paisaje… un sillar amorfo y en punta enfundado en polo Lacoste afrutado y pantalón de lino color y arruga arena. Quieto, mirando… absorbiendo, grabando.

Aquella gula de mar se repetía constantemente desde hacía unos meses. Tuve, por fuerza, que fijarme en él, pues yo siempre ando por allí en mis precisos y propios paseos, al acecho de huellas y ni una nueva gaviota escapa de mi plumín, transformando el olor del mar y la tarde en lastre de mis dedos. Si no lo viera llegar todas las tardes con ese andar de vigilante de sueños, con esos pasos de copero olímpico, como si anduviera por una eterna y altísima pasarela, o por una pendiente nevada, o unas nubes en las cuales un miserable paso en falso lo estamparía contra la realidad… Todas, todas y cada una.. aquel zombie salino hacía su particular antífona hasta que se largaba el sol por el fondo de la trastienda y rebobinaba en un triste ite misa est y se iba con la tarde. Aquella pantagruélica comilona de horizonte, aquel festín de sales y azules lo paralizaba hasta el extremo de que, en más de una ocasión, gaviotas anidaron en sus pensamientos y desde la incipiente plata de su atalaya gobernaban las olas y elegían altivas sus presas.

Una tarde de Julio abrí la tapa de mi armario y me vestí de papel resuelto a abordar a aquel sacerdote marino y salir de dudas… Sabía que mis pensamientos, mis historias sobre amores perdidos en el mar, barcos hundidos, sueños fondeados o tesoros, corrían serio riesgo de no ser sino espuma, brisa de viento o sutil aleteo de cormorán… Aquel altivo ser de bronce que acudía a su particular eucaristía con una precisión maya enervaba los poros de mi pensamiento y mis dedos ya entretejían en él renglones de epopeya y ficción, y bordaban canciones con  aromas a ron y sentina.

Sigiloso, al ritmo que la sombra se comía al sol de la siesta, mis pasos traspasaron la azulona valla de protección y entré respetuoso por el pasillo central de aquella catedral onírica. Las olas hablaban con él, y él callaba. Estuve justo a sus espaldas y mi mano alcanzó su hombro temblorosa, como si no quisiera interrumpir aquella animada conversación de silencio de piedra y bramar telúrico.

Pero estaba resuelto y lo giré…

Temí convertirme en piedra. Temí convertirme en mar.

Y tal vez me zambullí como un pesado plomo cuando aquel rostro me miró. Y me miró como miraba al mar, con dos cuencas vacías y negras como la noche… Aquel desdichado no tenía ojos… Las gafas mentidoras de aquel mirar nocturno descansaban rozando con una de sus patillas la frontera del blanco pañuelo…

Aquel desdichado no tenía ojos. Dos huecos, dos besos apretados de noche destejieron el tapiz que inocentemente se había iniciado en mi mente. Me sonó a fraude. Me sonó a farsa. Me sonó a mentira. Me sonó a hipocresía… ¡Qué demonios!¡Qué mierda es esta!.

Una ola ahogo mi murmullo y mi rostro se relajó sorprendido ante la paz de horizonte y atardecer que se dibujó en el suyo. Aproveché un hueco que me dejó el mar para que me oyera…

- ¿Qué haces aquí si eres ciego?
  
    El esperó cinco olas.
                                 - Imaginar que viera.

Y siguió el fragor de ronca envidia y endiablada belleza, de azules amantes, y amarillos callados, sinfonía de luz y reverberancia, tornasoles destellantes, chispas saladas de plata hecha añicos, de tarde… de mar.



 (I-IV-MMXII)


Prosa IV -

             "A la millor de totes las categories.*"

Podría parecer mentira que uno tenga que caminar tanto – tanto y bien – en un camino de 46 millas, yardas, kilómetros, leguas o vidas para que ciertas cosas tengan sentido, para que uno descubra dimensiones de la vida que pensaba utópicas, edénicas, incluso ficticias. Después de mucho senderismo por los caminos de la llamada -o mal llamada - amistad, debe uno recorrer más de la mitad de su vida para encontrar en dicha y eterna palabra el sustantivo concreto que siempre había defenestrado a lo abstracto en los miles de páginas leídas, soñadas o vividas. Y de verdad existe… como la leyenda de Shangri La, el Dorado, la Atlántida, la Arcadia…
Nada de alambiques de alquimia, nada de falsas presiones, ni volteretas circenses, ni palabras de capitalista interesado, ni sonrisas lobunas, ni apretones de mano de verdugo, ni funámbula trémula que mira de reojo la red de protección de la fina hipocresía. La amistad se funda en dos cosas sencillas: inteligencia y saber estar. Inteligencia y naturalidad que eleva su extremo de la precisión suiza no sólo a ella misma sino a su entorno familiar que sabe seguir la batuta de una música coral a cuatro voces sin estridencias, ni carraspeos, ni desentones: en ese coro todos conocen a la perfección el libreto.
El corazón sabe su camino, el sentimiento, como antaño pensaban los filósofos de las costas de Turquía a cerca de la razón, es quien verdaderamente se recubre de naturaleza divina, mágica… El sentimiento es el verdadero regalo que la divinidad otorga al ser humano y es quien lleva las riendas del resto de la masa corpórea minada de terminaciones nerviosas…  Si soltamos sus riendas sabrá seguir el camino hacia adelante con paso firme y voluntad de poder cargada de determinación e ideas claras; por contra, volverá grupas sin más alaracas ni histrionismo que el sentido común… como ha pasado veces, muchas, tantas veces… si decide desandar el camino.
Después de las aleccionadoras decepciones que uno se ha llevado en su periplo minero, sabe valorar más cuando encuentra lo auténtico. Debe ser como el minero cansado de confundir la pirita con el oro, cuando por fin encuentra una pepita como el puño y le revienta el pecho de gozo y el bolsillo de dinero.
Nunca es tarde si la dicha es buena, que dicen nuestros mayores, y si la dicha es muy buena, compensa el tiempo perdido. 
     La persona a la que va dirigido esto y de cuyo privilegio nos vanagloriamos en mi familia sabe que me refiero a ella, no hace falta que ponga ni quite ninguna coma, ni ninguna letra mayúscula a su nombre. La vivencia – la convivencia – acapara el curioso descubrimiento y lo dota de una satisfacción de plenitud vital difícil de meter en tasa.
  Yo diría que no son tres, sino cuatro, las cosas que una persona debería hacer antes de dejar este mundo: plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo y… encontrar un buen amigo.
Y digo “un”, pues tal vez de las cuatro, esta sea la más complicada.
     Amiga, gracias, intentando que la palabra “gracias” esté puesta con todo el peso que le impriman cada una de sus vocales y consonantes.

   Dos besos!!

 (XXV-III-MMXII)

* (Val.) A la mejor de todas las categorías.



Prosa III -

                        "Musa de arena"

La marea trae muchas cosas; de lugares donde muchas sangres han vertido sus ojos, muchos dedos han acariciado sus lomos, y muchos aromas se han secado al levante de sus sales. Las últimas olas, aquellas viejas y blancas que vienen a morir al regazo que las vio nacer, dejan su ofrenda en volteretas de espuma y confeti de vida.
Ningún grano de arena es igual a otro. Y hay millones. Todos ellos con una textura, un color, una forma determinada y perfecta para sí. Los millones de granos distintos de arena te hacen de cama para modelar tu huella y acolchar tu paso firme por la orilla, donde tu silueta tal vez rete al horizonte.
Unos son alma de roca, otros lo serán de caparazón eterno, y los más humildes cristalitos de lágrima de sirena… Quién no te dice, además, que entre esas multitudes de naderías insignificantes no se encuentran granitos de oro, granitos de diamante, granitos de rubí… tan pulverizados que nadie caería en la cuenta, ni siquiera con una potente lupa de relojero… Debe haber verdaderas fortunas en oro, piedras preciosas y diamantes pulverizadas por las orillas de mi mar, diminutas, eternamente perdidas, pegadas a las patas de un cangrejo que huye o de una pulga de agua que asalta el hueco del caparazón de un erizo muerto; o  sirviendo de pendientes a las posidonias amontonadas en acantilados de alga muerta. Un millón de granitos podrían formar tu cruz, mi anillo, tu pendiente, tu recuerdo…tu comprensión, tu palabra,
La poesía también viene en barco de ola. Y viene insignificante en paquetito de palabra, en pata de cangrejo o en pendiente de posidonia. traída allende el impulso físico, liberada del sudor carnal del terco respirante, pulsión indómita batida. Y se posa en las playas, donde habrá quienes la ignoren extasiándose con el dorado de la arena en su conjunto,.. olvidando que no hay un verso igual a otro, que no hay una palabra igual a otra.. Unas son alma de roca, otras lo serán de caparazón eterno, y las más humildes cristalitos de lágrima de sirena…Intentando zafarse de la posidonia muerta y volver a la eternidad de los bajíos.
Mientras el oro de tus inspiraciones y besos quedará oculto en las muchedumbres de nadería, quien sabe si avanzando y buscándose mutuamente con el utópico fin de ser lingote al final de nuestros días, cuando la mar deshaga nuestros cuerpos con sus efervescentes besos y hagamos juntos más playa.

  (XVI-III-MMXII)




Prosa II -

                           "Tu poder..."


        -Tu belleza no te da poder sobre mí. Las palabras envueltas en temblores que emanan de tu piel no me fascinan. Me dejan indiferente, ya no atraen a mis ojos.

      Instintivamente, algo remoto e interno hizo que su soberbia atractiva, desafiante y provocativa de imán sexual, se trocara por un pudor insano que la llevó a un rubor desagradable que rozaba la arcada. Ya no se sentía perfecta, ni plena, ni deseada. Se sentía fría, lejana, informe, repudiable, seca... Aquellas palabras edénicas cargadas de ácido corrosivo le quemaron la piel para siempre. Nadando de entre sus ojos brotaron unas palabras envueltas en apnea, mientras cubría su piel dorada y erizada, como un atardecer antártico.

       - Entonces...¿hay algo mío que todavía tenga poder sobre tí?

     El tiempo avanzó sobre ambos como la afilada quilla de un transatlántico.

      .....

     - Sí, tu silencio, Poesía.


                                                                     (XI-III-MMXII)


Prosa I -

                                "Yocentrismo"


Hay quien contempla codicioso únicamente el tesoro de sí mismo; como Gollum bisbeando “my precious”; como banquero genovés del tiempo de los Mecenas, cuenta, recuenta y apila sus cualidades y méritos; hace corrillo consigo mismo y en el centro de su mismo corro adora al tótem de su propia esfinge idealizada hasta la náusea. Borracho de yocentrismo, sus oídos se especializan en cazar palabras que siempre son para él,- ya sean buenas o malas –, sus labios en no bendecir otra cosa que no sea lo contenido en su estatura, sus ojos siempre miran - pues raramente ven - con el patrón de sus propias hechuras y sus manos no tienen más frontera que el meridión de sus uñas. Todo ha de girar en su hiperbólica y escuálida fuerza gravitatoria; nada pasa sin poner delante del pronombre “yo/mí” las 27 preposiciones castellanas – restadas “cabe” y “so” y añadidas “salvo” “excepto” “durante” y “mediante”….-. En el centro de ese corrillo, el “yomismo” es la música y el “yosiempre” la letra; no hay otro tema que un pronombre tan diminuto e insignificante como destructivo. Conceptos tan gloriosos y excelsos como libertad, generosidad, sabiduría, confianza, entrega, agradecimiento, etc, se barnizan con una pesada capa de primera persona apelmazada con crin de yo que los convierten en un mazacote que huele a oropel…  Necesitan el corrillo de sí mismos porque su propio yo se diluye en los demás, se hace gas, se evapora… Son yos con altavocía, yos que son pronombres que en el fondo apenas pasarían del demostrativo eso… si no fuera por el ellos. Todo gira en torno a su corrillo excelso de corifeos clónicos y fotocopias manipuladas, alimentándose del autohalago, la automentira, la autocomplacencia, siempre mirando con desdén y altiva burla a la autocrítica y al pobre tú que ose contrariarlos.
Lástima de/que estos “quienes” de emplumada y ostentosa mortaja con ínfulas de perdedor disfrazado, no sean capaces, acaso por una vez, de mirar hacia sus espaldas, y entonces encontrar al otro, contornear colores ajenos y quién sabe si hasta descubrir la verdad.
(X - III - MMXII)

Ónfalo - Onphalós

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